En 2011, la disputa por las reivindicaciones que se iban a levantar y que se pretendían conseguir durante las movilizaciones fue una de las primeras que se dio en el seno del movimiento estudiantil. A nivel universitario la lucha fue entre las demandas de arancel diferenciado y gratuidad de la educación. Por lo general y sin pretender estar caricaturizando mucho, la discusión se redujo básicamente a la oposición entre una demanda “amarilla reformista” y una “delirante ultraizquierdista”. Como sabemos, fue finalmente ésta última por la educación gratuita la que terminó por imponerse en el movimiento estudiantil, y la que pasó a demandarse al gobierno.
Pero ya pasado unos meses de las movilizaciones del 2011 cabe preguntarse ¿Es que acaso la demanda de educación gratuita para la educación superior dotó al movimiento estudiantil de la tan anhelada ideología y objetivos revolucionarios? A todas luces, en principio, se trata de una consigna posible de obtener bajo el régimen capitalista, no difiriendo cualtitivamente -en ese sentido- de la demanda de arancel diferenciado. A su vez, ninguna de las dos demandas, por sí mismas, plantean una crítica de raíz al capitalismo. Ambas, tomadas aisladamente, pueden resultar perfectamente amoldables al dominio del capital y a la ideología burguesa y socialdemócrata. Y fue así como terminó entendiéndose en el sentido común: "gratuidad para igualdad de oportunidades" o como palanca para "eliminar las diferencias sociales", y un etcétera de mistificaciones. Es esta concepción la que terminó hegemonizando ideológicamente sin mayores contrapesos tanto a la interna del movimiento estudiantil como a la externa de cara a la clase y el pueblo.
Apuntando lo anterior no pretendemos minusvalorar las luchas por reformas al interior del capitalismo, al contrario, creemos que son ellas las que permiten tanto conquistar mejores condiciones de vida para la clase trabajadora y el pueblo, como –fundamentalmente- avanzar en organización, conciencia y disposición de lucha con perspectiva revolucionaria. Lo que sí queremos plantear y rescatar es la importancia en la praxis revolucionaria de la propaganda y la educación socialistas.
Resulta que los objetivos reivindicativos que se planteen pueden variar de acuerdo al nivel de conciencia, organización y disposición de lucha, es decir, atendiendo a aspectos de la correlación de fuerzas a nivel local, sectorial y global, como también a la fase en que nos encontremos del ciclo económico (ascenso, crisis, etc.) y otros factores, pero lo que bajo cualquier circunstancia debiera resultar invariable para una correcta línea revolucionaria es la crítica radical, de raíz, a la sociedad capitalista.
Y es que creemos que es dable pensar, considerando la correlación de fuerzas y la situación actual de la educación en Chile, que pudo haber sido más acertado luchar por arancel diferenciado en lo inmediato, con el objetivo declarado de aspirar a la conquista de la gratuidad, sin que ello hubiese significado necesariamente ser políticamente más “amarillo” o “reformista”. Una lucha por el arancel diferenciado que se hubiese dado a la par de una coherente lucha ideológica contra las mistificaciones reformistas y burguesas respecto al rol del sistema educativo, podría haber resultado finalmente más provechosa en términos de avance en conciencia que la lucha por la educación gratuita sin una crítica revolucionaria al problema educativo. Ello junto al hecho de que se podría haber demostrado que con la lucha se pueden obtener ciertas mejoras (atendiendo también a que no es lo mismo la posibilidad de efectivización de la gratuidad cuando ya se tiene arancel diferenciado que cuando se cuenta con una educación superior entre las más caras del mundo).
Como decía el mismo Lenin al respecto, lo que diferencia a los revolucionarios de los reformistas es que los primeros luchamos por reformas, pero dejamos claro que mientras exista el capitalismo éstas mismas conquistas serán frágiles, y sobretodo, la explotación y dominación subsistirán.
Por otra parte, no cabe duda que distintas organizaciones y compañeros pretenden superar el mero economicismo y darle un contenido programático de clase al movimiento estudiantil. Es esto lo que se busca con la consigna de "educación gratuita, al servicio del pueblo". Si bien compartimos el espíritu clasista que los impulsa a plantearlo, creemos que una respuesta revolucionaria al problema educativo no pasa por intentar subvertir "revolucionariamente" la educación, ni por una supuesta "revolución educativa". Debe quedar claro: en sus aspectos fundamentales la educación no se trata de un espacio en disputa entre clases sociales. No es que hoy esté en manos de la burguesía, y mañana bien podría estarlo en manos y al servicio de la clase obrera. Sin negar la mediación de factores políticos y de la lucha de clases, finalmente el funcionamiento del sistema educativo bajo el capitalismo no puede sino que estar determinado por las necesidades de la reproducción del capital. Es decir, sólo acabando con la propiedad privada y el Estado es que podremos conquistar verdaderamente una educación al servicio del pueblo. Difundir ideas de lo contrario, es simplemente -en los hechos- multiplicar ilusiones reformistas y oscurecer la real necesidad de que el movimiento estudiantil, o una corriente al interior de éste, se haga parte de un proyecto revolucionario de transformación de la sociedad.
En otras palabras, y como dice un compañero trasandino parafraseando a Engels, “no es la resolución de la cuestión educativa –ingreso irrestricto y egresos masivos– la que eliminará la cuestión social, sino que es la solución de la cuestión social, es decir, la abolición del modo de producción capitalista lo que hará posible la solución de la cuestión educativa.”
Creemos que sólo con esta claridad política e ideológica es que la consigna "de las luchas estudiantiles a las filas de la revolución" del mirismo de los sesenta y el "de la sala de clases a la lucha de clases" de hoy en día, podrán adquirir pleno sentido y razón.
